1987: batalla copera


“Se perdió una batalla no la guerra”
                Así gritaba cada vez que pasaba un singular vecino en su bicicleta de carrera, contestando la burla futbolística de otros vecinos bolsos. No era una declaración pendenciera, era la burla típica pelotera entre dos rivales del mismo juego, esa dicotomía folclórica típica del deporte más famoso del mundo: el fútbol.  Tal vez, escondan algún rencor o envidia personal, pero se camufla dentro de ese juego de gastadas.   La frase correspondía al ciclista dueño del bar del barrio que también funcionaba como almacén; a fines de los 80, bares y almacén eran sinónimos.  Siendo niño podías ir al almacén a comprar chicles Bazooka[1] con figuritas coleccionables y ver hacia la izquierda algún parroquiano apoyado en ese enorme mostrador con el vaso en la mano; detrás la impactante heladera de puertas de madera que nunca olvidaremos su sonido al abrir y cerrar esas manijas.  Bar que brindaba copas de amarga, amarga con berbu, grapa, grapamiel en el invierno…para escapar a la terrible crisis económica que habían dejado los militares o escapando de la familia solamente…                                                                                                                                     
    Hablando de copas, en un caluroso octubre corrían las finales de la Copa Libertadores de 1987. Las finales[2] fueron disputadas por el poderoso equipo colombiano América de Cali[3] –que iba por su tercer intento consecutivo- y el laureado Peñarol de –Montevideo. La primera final había sido triunfo claro de lo caleños por 2 a 0, ese resultado era disparador de mufas del cuadro rival, Nacional de Montevideo la otra pata del futbol bipolar uruguayo[4].                                   Los vecinos sentados en la veredera, como todas las tardes, teniendo inmuebles con pateos traseros el asunto era chusmear un poquito el vecindario, una de las delicias de los pueblos del interior. Tal era así, que en noches veraniegas se sacaba la TV a la vereda.  Ese vecino bolso, muy futbolero, esperaba el momento que iba a pasar el ciclista manya por su casa, la rutina es un mal de los pueblos pero una ventaja para las mufas; la gastada estaba planificada. La gastada iba a causar doble efecto: hacer disfrutar a los comensales y recalentar al destinatario.    Aunque el destinatario era sabedor de lo que le esperaba al pasar por la casa del vecino peor era seria evitar pasar por allí.                                                                                                                              Sale el grito: “marcharon, a la mierda Copa!” mientras baja el mate para evitar que la yerba jugara una mal pasada en la garganta, el vecino pasa más rápido que nunca en su birrodado, pero no tanto como para no calentarse con ese vecino. Vecino, que era cliente con fiado[5] inevitable de su almacén.  Entonces, no podía quedarse callado y pasado unos metros responde con bronca socarrona “perdimos una batalla, no la guerra!”.   Mensaje fue claro, había revancha en Montevideo. 
Peñarol gana faltando poco en Montevideo por 2 a 1, la finalísima en Santiago de Chile será definida el siguiente sábado 30 en la tarde chilena. En el histórico estadio para Peñarol, Nacional de Chile pero nefasto para los DDHH en la dictadura de Pinochet[6]; los pibes orientales mostraron que estaban para cosas grandes.  El gol de Diego Aguirre se gritó como nunca cuando los colombianos contaban para terminar el partido[7].                                                                                      El ciclista manya tenía razón la guerra pelotera se había ganado y de qué manera!  Pasar por la casa de ese vecino bolso sería un placer, el vecino no se iba a esconder, por cobardía o perderse la caravana triunfal que rompe la monotonía del pueblo.  Se ve venir el vecino campeón sin su bicicleta, viene corriendo raudamente no en busca del vecino baboso sino algún camión para circular la calurosa ciudad.  Seguramente estando invadido por una iracunda alegría después de semejante triunfo agónico no haría olvidar el cruce con ese vecino tricolor, el apuro en búsqueda de esa caravana por el centro se sumaba el regocijo de ver la cara de ese cliente de su almacén.                                                                                                              Esta vez el vecino no estaba tomando mate, la rutina se había roto por la magnitud de la final continental, estaba con sus hijos en la vereda escuchando los festejos y esperando ver la caravana aurinegra.   Cuando se apresta que viene el vecino caminado rápidamente por la calle, ya que las veredas son deficientes o directamente no hay en varias ciudades del interior de Uruguay.  Incluso después de las famosas obras “cordón y cuneta”, los transeúntes siguen caminado por las calles presos de una peligrosa costumbre.                                                                               El vecino evita cruce de miradas inicial, el exultado aurinegro observa que están todos sus pequeños hijos y unos insultos no quedaran bien, además ese vecino tiene libreta de fiado en su almacén familiar.                                                                                                                                                           

      El grito, la proclama termina siendo la más simple “vamos Peñarol nomas!”, grito sencillo del corazón de un futbolero a otro de la vereda de enfrente, el receptor recibe el alarido aurinegro y responde con una sonrisa cómplice, en la batalla de las gastadas la había perdido esta vez pero veterano sabedor, que vendrán la revancha prontamente.  Uno de sus hijos sube a la ventana y habla por debajo de la suerte –“culo”- que tuvieron para obtener el máximo trofeo continental de las Américas, tal vez eran las palabras que su padre omitió expresar.                                                        Al día siguiente, acompaño a unos de sus hijos al almacén, su padre difícil que hiciera los mandados y menos en esos días, vamos distraídos en algún juego de esos años y al entrar por la puerta del almacén –el negocio familiar tenía dos puertas, una para el bar y otra para el almacén- vemos al fanático manya tirando por la ventana bombas brasileras[8] a doquier  gritando “Peñarol campeón!!!” desde la barra del bar.  Así estuvo por varias semanas embriagado por el maravilloso triunfo copero, y con los vecinos evitando los bombazos al pasar por su vereda.


[1] Primer chicle argentino, uno de los pocos de aquellos años y famoso por sus 100 figuritas coleccionables que contenía.
[2] Fue la última edición que se disputo con tercer partido de desempate en país neutral
[3] Años después se confirmaría su dominio del cartel de Cali de los hermanos Rodríguez Orejuela
[4] En los 90 tendrá su peor etapa casi olvidando las copas internacionales
[5] Pacto cliente-almacén, cada uno con suerte llegaba su libreta que se anotaba el pedido. A fin de mes se sumaba y se pagaba lo que podía.
[6] Durante la dictadura chilena y su terrorismo de Estado, el estadio fue utilizado como campamento de torturas clandestinas.
[7] El empate 0 a 0 llevaba al fin la Copa a Colombia. Sería la última finalísima tras cambio reglamentario de la CSF.
[8] Son bombas de estruendo traídas de contrabando desde Brasil, por eso su nombre y su peligrosidad.

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